Ya habían pasado cuatro meses de nuestro
primer beso. Nos veíamos los fines de semana y algunos miércoles que tú acababas
antes de trabajar. Seguía sintiendo mariposas al verte. Pasábamos las tardes
hablando de nosotros y de la astrología, una afición en común que descubrimos
con la primera cerveza.
Aquella tarde
te confesé que tenía un sueño, subir al Teide para ver las estrellas, y
recogerme allí hasta el amanecer. Desperezarme viendo el sol romper el cielo, y
ya en su cenit, echar a volar, y caer, lentamente hasta llegar al
mar.
(Lo cierto es que poco importa la
cantidad si la última mirada, el último abrazo, o el postrero beso duelen como
si una soledad no elegida se viniera a vivir contigo)
¿Cuántas palabras caben en un reencuentro?
Tantas como una sonrisa cuando aparezco
vestida de entretarde y vago por tus
pensamientos.
Son vulgares las palabras que se lanzan
sin anclaje, son rudas, obtusas y sin remangarse las esquinas. Las tuyas nacen
vivas desde la punta de los dedos y recorren mis curvas, desde las más lumínica
hasta la decorosa trasnochadora, evitan las esquinas y se aceleran en los
labios, arrancan los preciosismos y las entretelas y van directas al verano de
mis deseos, allá donde el calor adormece mis letras sobre la arena, construyendo
castillos de apetitos y de ternuras.
Son las tuyas palabras que se recuerdan a
lo largo de las vocales y las consonantes, son crepúsculos átonos sobre mi
piel.
Se
me ocurren tantas cosas a lo largo de las horas, interpreto cada tic-tac del
reloj como una alegoría a la espera. Te espero, llegarás en punto, en ese coche
rojo que decidiste adquirir tras conocernos. Me encantó, siempre me han apasionado
los coches clásicos y el color escarlata.
Vendrás,
quizá te hayas puesto los jeans que tanto me gustan y la camiseta añil que está
tan desgastada, me harás una perdida y yo bajaré. Me habré vestido lo más cómoda
posible y al mismo tiempo sexy, ya me conoces. Las gafas de sol para evitar que
veas cómo me brillan los ojos al verte, y el bolso a juego con las sandalias.
Me besarás y yo te besaré, será tan natural como la primera vez, un suave roce
que no admite devoluciones. Nos acercaremos a ese chiringuito de la playa, te
atreverás a pedirme un baile, sonreiré, sabes que eso me hace tanto bien. Quizá
pongan alguna canción de Jamiroquaid, por ejemplo “Love Foolosophy”. Aceptaré
tu petición, pedirás dos birras en el bar y bajaremos a la playa.
Estará
atardeciendo, me arroparás entre tus brazos, brindaremos por la vida, por nosotros,
te salpicaré, correrás detrás de mí, saltaré en tus brazos, caerás al suelo. Nos
besaremos…
Quiero pasar
contigo noches que no acaben que se encierren en instantáneas como esta que
sepan a sal y suenen como el mar embravecido. Quiero.
Y no cejaré de
acurrucarme al atardecer pensando en tu recuerdo. Aquella playa inconclusa,
desahogada, esas dos moles que cerraban mis pasos. Y tú, al otro lado, desnudo,
decidiendo a quien pertenecer al agua o al fuego, obviando que la noche llega y
con ella, la tormenta.
Te vas como quien se atreve a ajustar las
cuerdas de una guitarra, con sigilo y rasgando acordes.
Te vas accionando un interruptor, el de
la caja de sonido, ese que te une como si de un cordón umbilical se tratara, a
la música para siempre. Y es que siempre serás del mundo, de las guitarras y de
los que amamos las melodías rotas e intensas.
Hoy puede ser un “perfect day” mas te
fuiste sin avisar, caminando por el lado salvaje de la vida.
“Antes de perder golpea, primero suelta
la izquierda, dos veces y sin pensarlo, la derecha, con fuerza, intensamente,
no dejes que te pillen desprevenida, mira a los ojos, cúbrete, sal de su
circulo, entra insinuándote, nunca pensara que vas a atacar, golpea otra vez,
esquiva…”.
Aquella noche en el bar de Mulligan había
un concierto de jazz, entré dispuesta a sacudir el momento. En la barra había
un individuo de esos que no se olvidan consumiendo whiskey canadiense. Me
acerqué dejando que mis caderas insinuaran mi presencia, y me senté en un
taburete junto a él. Pedí lo mismo, ni me miró, era el típico buscavidas y en
algún momento de su vida sería un
perdedor, le pedí fuego, tan solo giró la muñeca y me lo ofreció.
Coqueteaba con la camarera mientras
sonaba una de Gregory Porter en el escenario. Saqué mi polvera y me empolvé la
nariz, el perfume le hizo girar, le miré a los ojos, eran de un oscuro intenso,
los rehuí y me volví hacía la salida. Me agarró de los hombros, me escurrí de
sus fuertes manos, caminé hacia el lavabo, me siguió, intentó sujetarme, me
giré y le golpeé, allá donde sus ideas sobrevuelan la noche, se agachó y
abandoné el local, tras colocarme mi sombrero coquetamente.